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el turista se llama accidentalmente...

Visión de rayos XX

A veces veo mujeres desnudas. No me pregunten cómo lo hago, es algo que ocurre, simplemente. Estoy hablando con una mujer y la veo desnuda, no de repente, más bien poco a poco. Hablamos, entonces mi vista empieza a traspasar la ropa, primero el jersey, la blusa o el vestido, luego la ropa interior, después se me muestra la carne desnuda, rosada, íntima. ¡Qué apuro! Siempre me pasa lo mismo. Si estoy en un mostrador o al otro lado de una mesa y ella está sentada, al menos sólo estoy obligado a contemplar la mitad de su cuerpo, pero si está parada frente a mí, sin poder evitarlo se me muestra entera en toda su desnudez. ¡Qué pesadilla! Por eso trato de no pararme nunca en la calle con conocidas o desconocidas, ni compartir los ascensores con secretarias o ejecutivas. Por suerte no todas las mujeres que contemplo las veo desnudas. Sólo se me revelan las de una cierta edad, por encima de los dieciocho años -lo que me libra de ser perseguido por la justicia de conocerse públicamente mi poder secreto- y por debajo de cierta edad, dependiendo de los casos. Son mujeres delgadas, menos delgadas, menos delgadas aún, anatomías firmes o relajadas, pero siempre mujeres atractivas. Es un consuelo dentro de mi desgracia. A los hombres ¡menos mal! ni los veo.

Es parecido a lo que le pasa a Superman, pero diferente. Él puede ver a través de los edificios, de los trenes o los aviones, ve a las personas, descubre lo que están haciendo, pero los ve vestidos. A veces su visión de rayos X les traspasa hasta el esqueleto, pero nunca ve a la gente desnuda. Por eso a mi superpoder yo lo llamo visión de rayos XX. Ahora les explico. Quizá alguien mal intencionado podría considerar estas visiones pornográficas, eróticas cuando menos, merecedoras de una advertencia: dos rombos, como los que ponían antes en televisión para avisar de que el programa era para mayores. Yo no las contemplo con los ojos del pecado, pero reconocerán que este asunto es una vuelta de tuerca más en la historia de los fenómenos inexplicables, un auténtico expediente X, talla X, es decir: XX.

Es parecido a lo de Superman, pero... Que yo sepa en mi barrio no cayó ningún meteorito de criptonita, aunque eso si, está lleno de antenas de telecomunicaciones y líneas de alta tensión, abundan los restaurantes de comida rápida, los bingos y los karaokes. ¡Vaya usted a saber si todo esto no tiene que ver con mis habilidades mutantes!

Pero no crean que todo es diversión y alegría para la vista. El tener poderes extraordinarios conlleva también responsabilidades abrumadoras. Como Clark Kent, asumo mis deberes con la humanidad, pero he de mostrarme más discreto. Por ejemplo, dos mujeres están a la puerta de un probador en unos grandes almacenes y una se pregunta, ¿me hace más delgada esta falda? o ¿crees que este vestido realza mi figura? Entonces se vuelven hacia mi, me confunden con un dependiente y me interrogan acerca del asunto y yo ¿qué puedo hacer? Miro y veo la falda o el vestido, luego… ya se imaginan, pero he de quedarme calladito por el bien de todos.

En fin, voy concluyendo mi confesión. Por motivos de seguridad no se dan nombres, fechas ni lugares. Precauciones lógicas para preservar el secreto y proteger al sujeto, pues no sabría explicar a novios, maridos y amantes, cómo conozco el color y el modelo de la ropa interior de sus adoradas compañeras, la ubicación de sus lunares, tatuajes y secretos más íntimos.

Quizá este testimonio debiera publicarse en una revista científica, pero hasta ahora el mundo de la ciencia no me ha hecho mucho caso. He preferido donar mi manuscrito a un autor literario para completar un volumen de cuentos que la editorial le reclama insistentemente –parece ser- a cambio de adelantos generosamente dilapidados. Confío que este medio, un libro veraz e inteligente, según me ha prometido el autor, contribuya a la difusión de mi caso.

Me he decidido a hablar aunque con las debidas precauciones, para que si a otras personas les ocurre algo parecido, además de a Clark Kent, sepan que aquí hay un amigo, un compañero que comparte el peso de sus dones. Si por el contrario, por capricho del destino yo fuera el único mortal de esta galaxia con este poder, al menos mi alma se sentiría aliviada al compartir, aunque de forma anónima, mi secreto con la gran cantidad de lectores que según me prometió el literato, comprarían el libro.


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