Viento
Sur
El viento sur me recuerda los días de viento
sur, mi primera juventud y los incendios. Cada lugar tiene su
viento: el mistral, el cierzo, la tramontana. Cada ciudad tiene
su viento, y su fuego escondido en una hora incierta. En Santander
cuando sopla el viento sur se multiplica la zozobra. Los locos
salen a la calle para ejercer funciones propias, los que se creen
cuerdos se ahogan en la nostalgia de las cosas que aún
no han ocurrido. Si el viento del sur sopla un día, suele
ser en otoño o invierno, puede ser agradable. Si sopla
dos, es para preocuparse. Si sopla tres, hay que prepararse para
la catástrofe.
En 1941 el viento sur soplo una semana.
Al tercer día
se declaró un pequeño incendio que fue creciendo
como una lengua caprichosa, encendiendo este edificio, olvidando
aquel otro, devorando gran parte de la ciudad antigua y despreocupada.
Lo que no arrasó el incendio lo destruyó la codicia
de algunos constructores sin escrúpulos y la desidia cómplice
de los gobernantes.
Mi madre me contó del gran incendio de Santander. La casa donde vivía
se salvó de milagro, sólo se chamuscó el tejado, pero tuvieron
que pasar tres días y tres noches en la plaza del mercado, con las camas,
los colchones y el armario de dos puertas que bajaron desde la mansarda, cuatro
pisos sin ascensor. La gente abandonó sus casas con mucha prisa y poca
esperanza. Los medios de los bomberos eran insuficientes, dicen que acabada la
guerra hacía apenas unos años, no había dinamita para abrir
un cortafuegos. Dejaron que el incendio se consumiera a sí mismo.
A la vista del desastre cada cual hizo lo que pudo. Mi madre regresó escaleras
arriba para rescatar a su gato, que seguramente huyó por los tejados con
medio chicharro al horno que había quedado sobre la mesa. Las señoritas
del segundo lloraban desconsoladas sin poder decidirse entre salvar los sombreros
de invierno o de verano. Su hermano, que era doctor, se colgó una lavativa
al hombro e hizo frente a las llamas.
En 1970 hubo otro incendio. No tan grave
como el desastre del 41, no tanto, aunque nunca se sabe. La memoria a menudo
nos engaña. Yo a veces miento.
Aquel año estaba preparando mi ingreso en bellas artes. Había alquilado
una buhardilla con dos amigos, estudiábamos las sombras que la luz dibuja
sobre una estatuilla de escayola. Pintábamos cuadros. Nos habíamos
comprometido a participar en una exposición colectiva. Teníamos
algunas ideas, pero el trabajo iba muy retrasado.
Yo esa semana había castigado a mis compañeros con las ensoñaciones
que quería plasmar en el lienzo, Visiones apocalípticas, paisajes
en descomposición, aves con forma de ángeles y ángeles con
cabeza de gallina. Un tema interesante, el problema estaba en cómo pintarlo.
Había hecho algunos bocetos sobre papel y los había guardado sin
enseñarlos. Mis amigos se llamaban Chicho y Mate. A mí me llamaban
Poi, porque no era mi nombre y porque sabían que me molestaba. Entonces
llegó el viento sur, un día, dos, tres días sin tregua.
Estábamos en la buhardilla, pero era imposible concentrarse, el viento
se colaba por las ventanas mal encajadas, silbando, aullando. Bajamos a la calle
y buscamos refugio en los bares donde beber vino clarete o cerveza, masticando
el polvo de la surada. Al salir de uno de esos bares, vimos una gran columna
de humo sobre la ciudad, era difícil saber qué se estaba quemando.
Los tres pensamos en la buhardilla, en los cuadros a medio pintar. Si el incendio
quemaba nuestro estudio, podríamos presentarnos en la sala de exposiciones
con un puñado de cenizas, derramarlas sobre el suelo y proclamar: Aquí esta
nuestra obra. Bromeé, mientras nos acercábamos al cerco de gente
y de humo.
Intentamos atajar por una calle, nos perdimos, Sobre nosotros caían trozos
de papel, jirones de tela, cometas enloquecidos precipitándose desde el
cielo.
Chicho cogió un papel al vuelo, lo miro y me dijo:
-¡Joder, Poi! ¿has visto?
Miré el papel, apenas una cuartilla rasgada y chamuscada en una esquina.
El fondo era de color terroso, ocre y siena tostado, tenía una mancha
azul cobalto, y en una esquina, dibujado en negro tizón, el ala de un
pájaro horrible.
-Joder, Poi –repitió Mate.
No cogí el papel, lo miré y me limpié las manos en el pantalón,
las manos que aún no me había manchado.
Entonces Chicho concluyó:
-Joder, Poi, al final te saliste con la tuya.


Subir
|