Un pastor
con su zurrón va al Portal de Belén, en un centro
comercial
Estaba seguro de que este año al fin o
conseguiría. Llevaba semanas,
a veces le parecían siglos, caminando con su zurrón, siempre caminando
hacia el Portal de Belén. Venía de muy lejos, de uno de aquellos
pueblos que parecían pintados en el fondo del paisaje. Había dejado
atrás su casa, a su mujer cocinando un puchero sobre el fuego, su rebaño
al cuidado de su hijo mayor, mientras su otro hijo pescaba en el río
que en esa época del año más parecía un regato de
papel de plata bajo el puente hecho con tronquitos de madera.
Ansiaba llegar
al Portal de Belén y ver con sus propios ojos lo que todos
comentaban. Viajaban, como él, guiados por una estrella que brillaba
sobre el añil del cielo, una estrella con una cola muy bonita, como
escarchada de purpurina. Los había que llevaban ovejas al hombro, sacos
de harina y otros presentes. Él caminaba con su cayado y su zurrón,
era sólo
un pastor que había empezado desde abajo, primero como figura de bulto
en el belén de su pequeño pueblo, luego en una parroquia de barrio
y ahora en el belén del centro comercial. Quería llegar y ver
al niño que según todos decían, traía paz y felicidad
al mundo.
Los había con suerte, como los reyes o
magos, que siempre llegaban al Portal la primera semana de enero.
Los magos venían de oriente, pero
venían
a caballo o en camello y les acompañaban pajes que traían presentes,
oro, incienso y mirra, que debían ser como el cava, las angulas o
el turrón
más caro del mundo, como decían los anuncios.
Estaba a punto
de conseguirlo, llegar al Portal de Belén con su cayado
y su zurrón, pero de repente la música dejó de sonar
y alguien empezó a apagar las luces. Cuando el centro comercial cerró sus
puertas al público, llegó el encargado de la representación
y les dijo que pasaran por administración. Sólo le quedaba
cobrar el salario por participar en el belén viviente y regresar a
su pueblo, hasta que de nuevo le contrataran las próximas navidades.


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