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el turista se llama accidentalmente...

Tras la máscara

Al principio no le dio importancia. Luego descubrió que era demasiado tarde para preocuparse. Ante la improbable posibilidad de vivir las vidas que imaginaba había decidido escribirlas. ¡Cáscaras! Estaba ocurriendo de nuevo. Acababa de escribir una frase y ya estaba dudando, pensando si sería la forma más apropiada de expresar lo que le pasaba por la cabeza. ¿Ante la improbable posibilidad o ante la imposible probabilidad? ¿De qué forma resultaría más convincente? No era para preocuparse, pero la cosa tenía su importancia, no la elección de la frase, sino la posible o probable eventualidad de vivir las existencias que nacían en su imaginación. Reflexionó un par de minutos, pero se entretuvo pensando en la forma más que en el fondo del asunto. Tarde se daría cuanta de lo peligroso que es jugar con las palabras cuando se transita por los bordes de la realidad. Desde luego, había una cierta dificultad en vivir las vidas que imaginaba, escribirlas era en principio una tarea más asequible. Ante la imposible probabilidad… ¡Dios! con tanta interrupción acabaría antes su existencia que el relato de aquellas vidas. Entonces, fiel a su costumbre de traicionarse a sí mismo, decidió vivir una de las vidas que había imaginado.

Meditó sobre el experimento, crear una vida y alojarse en ella por algún tiempo no era tan difícil, cierto que había que imaginar un perfil de personaje y algunos detalles que lo hicieran verosímil. Bien, imaginación no le faltaba y tiempo para perderlo tampoco. Desde hacía algún tiempo solía frecuentar foros y chats en Internet, un espacio virtual que le pareció ideal para desarrollar su vida de ficción. Lo primero era elegir un nombre, un seudónimo o nick, como se denominaba en el argot. Pensó en personajes de novela, quizá uno de sus héroes o villanos preferidos, pero la opción le pareció un tanto pretenciosa, mejor un apodo relacionado con su nombre o su signo astral, en definitiva, todo eran máscaras especulativas, daba igual. Al final optó por un nombre corto y directo, sencillo pero no desprovisto de un plano simbólico, jeje, se reconoció como un pedante irredento. Para delimitar el territorio entre él y su personaje, se nombró en voz alta y luego nombró su seudónimo: Carlos Finisterre, sí, ése era él y Leo, su apodo.

Durante algunas semanas transitó con su nick por diversos foros, entreteniendo su aburrimiento. Le gustaba dejar notas enigmáticas, planteando cuestiones siempre tangenciales a la literatura, sus autores y sus obras, también respondía a otras notas sin depreciar ninguna polémica, eso sí, manteniendo siempre un tono cínico y falsamente educado. Sus esfuerzos, a los que se entregaba con total indiferencia, pronto dieron fruto. Había creado un perfil reconocible, un mensaje claro con el que le identificaban. Algunos empezaron a comunicarse con él de manera más personal, del foro pasó al chat y de ahí a una cuenta de correo que había abierto con su seudónimo. Varios de los contactos se prolongaron durante semanas, meses, la relación se iba estrechando. Dos de ellos se habían concretado hasta el punto de plantearse una cita personal, pero antes debía elegir entre: “Dama de hielo” y “Rosa de Alejandría”. Carlos, es decir Leo, se dejó llevar por algo que no definió por el momento, la decisión le tomó en un segundo, la verdad, no le dio importancia. Al fin su personaje, varón de mediana edad, profesional con futuro, culto, amable, sentimental, etc, etc, iba a tener una cita. Una cita, no a ciegas, pero en cierto modo velada, pues era la semana de carnaval y decidieron comparecer disfrazados. Previamente intercambiaron fotografías, imágenes congeladas cuyo parecido con la realidad es más cuestión de fe o de caridad. También se llamaron por teléfono para oir sus voces en la distancia de una ciudad no demasiado grande.

El domingo era la cita en el baile de carnaval del casino. Acordaron presentarse con disfraces clásicos. Le horrorizaba la eventualidad de metamorfosearse en tortilla francesa o en zulú con un aro de plástico en la nariz, así que él iría disfrazado de Pierrot y ella de Colombina. A la hora en punto, más o menos, se presentó en el casino. Al entrar, una ola espesa, mezcla de perfume, olor corporal y humo de tabaco le abofeteó en plena cara. Por las escaleras se cruzó con dos arlequines, una dama de las camelias, un centurión romano, un guerrero galáctico… ¡Dios, qué fatiga! También vio una Colombina, pero decidió seguir hasta la barra y situarse en el lugar donde habían fijado la cita. Llegó y pidió una copa de champagne. Esperó unos minutos, un río de máscaras iba y venía. Entre el caos de voces y risas, creyó descubrir a su cita. Ella parecía no verle, estaba con un animado grupo de diablos en pijama, al fin le miró a través de su antifaz, él la saludo y comenzó a aproximarse.

- Hola, eres tú, ¿supongo? –preguntó Pierrot.
- Supones bien y tú eres tú, desde luego –afirmó Colombina.
- Pensé que no ibas a saludarme.
- No seas tonto, ya te había visto.
- Bien, pues aquí estamos.
- Bien, entonces ¡fuera máscaras!
- De acuerdo –asintió Carlos.

El salón del casino hervía de calor y de gente que pasaba tropezando y hablando a gritos. Carlos tiró del elástico de su antifaz y respiro con cierto alivio. Ella hizo lo mismo.

- Y dime ¿soy cómo te imaginabas? –sonrió Colombina.
- La verdad, no suelo imaginar –mintió –prefiero ver las cosas con mis propios ojos.
- Tú en cambio eres clavadito.
- ¿Clavadito a quién?
- Justo como te imaginaba, a través de los relatos que escribes.
- ¿Relatos? –se extrañó Carlos.
- Sí, esos que escribes en los foros.
- Escribo, pero no son relatos, son sólo notas, comentarios… ¿no te estarás confundiendo?
- No me equivoco, para estas cosas tengo un ojo… ah, me llamo Ana.
- Yo me llamo Carlos, Carlos Finisterre.
- Ja, ja, ja –dijo ella pero sin reirse- dijimos fuera máscaras.
- Eso hago, me presento ante ti sin antifaz, sin seudónimo.
- Ya, pero Carlos Finisterre es un personaje de tu relato.
- ¿Mi relato?
- Sí, el de “Tras la máscara”
- Te puedo jurar que Carlos Finisterre no he escrito ningún relato…
- Carlos no, pero tú sí.
- Y ¿quién se supone que soy yo?
- Tú eres Paco Gijón –sentenció ella.
- ¿Cómo? -bramó Carlos- Y ¿quién es ese tal Paco?
- Deberías conocerle, es muy ingenioso.
- Lo haré, sin duda lo haré, ya arreglaré cuentas con ese tipo.
- ¿Por qué esa agresividad?
- Pues tu verás, es un tipo que roba mis ideas, suplanta mi vida, un tipo…

El casino era todo ruido, vértigo y máscaras equivocadas. Carlos sintió un tremendo vacío en el estómago, se agarró a la barra para no caerse y en el espejo del salón contempló que su imagen se desenfocaba. Se frotó los ojos como para librarse de una pesadilla. Cuando los abrió de nuevo ya no estaba. En el espejo del salón contemplo a una pareja extraña. Él la hablaba al oído apartando un mechón de su cabello mientas le tomaba por el antebrazo, ella apoyaba una mano en su hombro y se balanceaba. Charlaron aún durante un rato, entonces él esbozó una sonrisa que a Carlos le pareció una despedida, triste, incomprensible. Luego aquel tipo dio media vuelta y se marchó.

Al principio no le dio importancia. Ahora descubría, que era demasiado tarde para preocuparse. Se llamaba Carlos Finisterre, varón, de mediana edad, profesional con futuro… ¡qué ironía! Sabía que esa noche no volvería a casa, ni a su casa ni a su vida, su personaje había llegado al punto y final del relato.


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