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el turista se llama accidentalmente...

Toda una vida

Adela se arregló el chal sobre los hombros mientras caminaba por la avenida. Llevaba un vestido de gasa de colores vivos, con escote y tirantes, y una falda con vuelo, alegre, sobre las sandalias de verano. Se miró de reojo en el escaparate de la última tienda, el pelo recogido en lo alto de la cabeza, el carmín de los labios, el suave rubor de las mejillas. Siguió caminando, ya podía ver el perfil del gran hotel, la fachada color pastel, los balcones y barandillas de metal negro y dorado y las terrazas que se abrían a diferentes alturas, la última con pista de baile al borde de la playa. Más allá el océano y la niebla que confundía tierra y mar, hasta el horizonte. Adela avanzaba contra la brisa, había poca gente, que pasaba apresurada, como con frío. Se apartó un mechón de cabello que le alborotaba en la frente, mientras imaginaba el rumor de la música, flotando desde el paseo marítimo. La noche era más que una promesa, la luna se disolvía sobre el mar nocturno.

Las luces del hotel estaban apagadas y las ventanas cerradas, quizá la temporada había acabado, pero Adela recordaba perfectamente la pista de baile, las luces, el ambiente. La última terraza era la más amplia, cerrada por barandillas de piedra, columnas y pérgolas de las que colgaban plantas trepadoras. Las mesas se alineaban a ambos lados de la pista, con velas encendidas, protegidas por el cristal de lámparas redondas, sobre el mantel de tela. En la tarima de madera, la orquesta acariciaba las primeras melodías. El conjunto musical se ordenaba detrás de sus atriles en los que se leía un nombre sonoro, vestidos de elegante uniforme, secciones de cuerda y metal, piano, contrabajo, guitarra de jazz y percusión latina. Al frente, el vocalista, menudo en estatura, inmenso en su arte, con su busto de ébano, su chaqueta marfil y su colección de canciones eternas que adornaba con el susurro burlón de unas maracas.

Adela llegó y se sentó en su mesa, cerca de las escaleras que se perdían en la arena de la playa. Había decidido que aquella era su mesa, ésa noche, todas las noches. Estuvo un rato oyendo la sucesión encadenada de melodías. De vez en cuando miraba, no tenía dudas, sabía que Él vendría. Apenas había pasado un rato y ya asomaba por el otro lado de la pista. La saludó desde lejos, mientas avanzaba sobre sus zapatos de gamuza marrón, sus pantalones oscuros, su chaqueta clara y su camisa blanca, abrochada hasta el último botón pero sin corbata. En su rostro brillaba media sonrisa, la mirada acuosa, el pelo bien cortado que no disimulaba abundantes canas. Llegó hasta su mesa y se inclinó levemente, no dijo nada. Ella asintió en silencio, se levanto y tomó su mano. Juntos fueron hasta el centro de la pista. Un suave manto de luz y color envolvía a los danzantes, ritmos sincopados, armoniosos y la voz de aquel cantor de las emociones, sobre el que no parecían pasar las modas ni los años.

Bailaban y bailaban sin fatiga, las manos de Él en la cintura de Adela, las de ella enlazadas detrás de su nuca. La noche se deslizaba al borde de un territorio incierto, con la tensión sostenida de cuerpos convergentes y almas paralelas, que buscaban su encuentro aunque fuera en el infinito. A veces la brisa se arrebataba en vendaval y una repentina tormenta descargaba dejando un rastro de hojas arrancadas y de hilos de agua apresurada sobre el barro. Pero al momento todo era de nuevo limpio y luminoso, por el deseo de Adela. Bailaban, sonaban las canciones, una, otra, otra más, hasta que entonces sentía aquel dolor pequeño y aún sin nombre. Entonces Adela se separaba un poco, una lágrima asomaba a sus ojos y comenzaba a resbalar por su mejillas encendidas. Él, que la ofrecía su pañuelo de tela con iniciales bordadas. Ella que lo aceptaba mientras ensayaba una disculpa sobre una mota de polvo. Ella que secaba sus lágrimas y apretaba el pañuelo con la mano, luego lo guardaría en su bolso, pero ¿por qué después nunca lo encontraba? ¿A dónde iban todos aquellos pañuelos ganados en la noche y perdidos en la mañana? Seguían bailando mientras en el cielo, tibios rayos herían el profundo azul, sobre el que aún se demoraban algunas estrellas. Una niebla avanzaba desde los confines del océano, trocando todo, de este a oeste, pero aún había tiempo para las preguntas, para las respuestas, no por sabidas menos necesarias.


-Y ¿dime, te quedarás esta vez? -preguntaba Adela con voz susurrante y profunda. Y él que apenas sin abrir los labios, contestaba.

-Toda una vida me estaría contigo,
-no me importa en que forma,
-ni como, ni donde, pero junto a ti.

Y Adela que insistía -Dímelo otra vez, aunque no sea cierto.

-Toda una vida te estaría mimando,-te estaría cuidando como cuido mi vida
-que la vivo por ti.

Y Adela que escuchaba, con los ojos entornados.

-No me cansaría de decirte siempre,
-pero siempre, siempre,
-que eres en mi vida
-ansiedad, angustia y desesperación

Y Adela que asentía y callaba.

-Toda una vida me estaría contigo...

La noche era el reino de los sueños y los caprichos otorgados, un espacio y un tiempo latente y suspendido. Parecía que el reloj no avanzara, que el trabajo no fatigara a los entregados músicos, la voz siempre timbrada del vocalista eterno, las bebidas frías en los vasos de cristal tallado, las flores frescas, las emociones tiernas en los corazones renovados. La noche mágica, cíclica y perdurable... pero ya, la niebla, hiriente y luminosa disolvía las sombras, borrando el perfil de las cosas amadas. Él, que se apartaba, ella que permanecía inmóvil, con el gesto ingrávido de la despedida ¿Qué importaba que vivieran, como fantasmas del futuro pasado? Que ése fuera su lugar y su momento, si al menos era complaciente y compartido. Pero Él, ya era apenas una burbuja arrastrada por la brisa, que se alejaba en la amanecida y ¿ella? Adela permanecía allí, real y fatal, de este lado de la delgada línea que une y separa la realidad y el deseo. Adela se arreglo el chal sobre los hombros y comenzó a caminar de vuelta a la avenida, de regreso a su particular vida. No estaba triste, no se lo permitía la voluntad de su eterno acompañante, Él, que ahora ponía fin al relato, después de inventarla una noche tras otra.


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