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Seda

La seda es un misterio develado, es en sí una paradoja y una metáfora. Es lo que deja atrás un pequeño animal en su camino hacia la luz y el batir de alas. Este caparazón inservible, el hombre lo toma y lo trasforma en algo improbable y valioso. La seda es más por lo que vela que por lo que cubre, viste sin sepultar ni consumir la esencia de lo que abraza. Es una metáfora de la piel en palabras esquivas y un engaño complaciente en los ojos de los amantes.

Seguro que me equivoco, pero creo que Seda de Alessandro Baricco, traza un sinuoso y sutil camino hacia el conocimiento. Hay un hombre, varios hombres, varias mujeres, el destino pretendido, la determinación voluntariosa, el deseo inconcreto y el amor compartido, hay muchos viajes y en definitiva un viaje hacia lo desconocido y una certeza final, tan inevitable como inútil.

Hervé Joncour, es un joven profesional, el ejército ha sido su escuela, es atento y capaz para las misiones que se le encomienden, pero no está preparado para la aventura. En principio planea su existencia “como uno de esos hombres que prefieren asistir a su propia vida y consideran improcedente cualquier aspiración a vivirla”. No es un mal proyecto, mantenerse al margen mientras se asiste complacido al espectáculo de la vida, pero pronto este plan se revela imposible.

El primer paso es en función de la necesidad. En su pequeño y tranquilo pueblo francés, la cosecha de gusanos de seda se malogra y Joncour es encargado de viajar para conseguir huevos de gusano sanos. Este viaje le lleva al oriente más lejano, a Japón, a los orígenes de la seda, de sus secretos y de sus misterios. A los orígenes del saber, de cierto saber antiguo.

El conocimiento que persigue Seda, no es científico, ni siquiera consciente o racional. El mismo Pasteur aparece como personaje en la novela, el científico estudia los huevos del gusano de seda y llega a identificar los enfermos, pero no conoce la forma de sanarlos, se hace de nuevo necesario el viaje a los orígenes. Joncour va en busca de la materia, los diminutos huevos de gusanos sanos, pero topa con el misterio, con la paradoja en su estado más inquietante y perturbador.

En Japón, Joncour es conducido ante Hara Kei, señor y amo de la aldea, de los humanos y de los gusanos. Junto al señor, en la escueta estancia hay una joven vestida de rojo, recostada e inmóvil. El señor y su amante se funden en una imagen complaciente, la muchacha apoya su cabeza en el regazo y el amo acaricia su pelo, pronto se descubre la imposible supervivencia por separado de ambas caras de una misma moneda.

Joncour participa en una ceremonia del té wabi-sabi y es sensible al acercamiento que el misterio hace hacia él: la muchacha bebe de su taza de té. Fijada su atención y preso ya del deseo, que es el deseo de desvelar y poseer lo desconocido, comprueba como la muchacha le ha estado observando a través de los ojos cerrados. Joncour la describe como una joven de rasgos no orientales. Cuando pregunta en la aldea, le dicen que no hay occidentales en Japón, ni en esa casa, ni en esa aldea.

A pesar de que Joncour ha recorrido un largo camino, un viaje de extrañamiento, la naturaleza del conocimiento que acaba de entrever no es ajena ni extraña, al contrario la reconoce como propia y cercana aunque incomprensible por el momento. La joven le hace llegar un mensaje escrito en un lenguaje que él desconoce, sólo puede percibir la inevitable dimensión de un misterio que ya forma parte de su existencia.

En diversas ocasiones, encuentros y desencuentros fugaces, Joncour percibe que al conocimiento no se puede acceder directamente, sino a través de representaciones, la escena en que la joven visita a Joncour en sus prestados aposentos y le entrega una muchacha, joven como ella pero oriental, con la cual le es permitido un contacto íntimo y revelador: En la soledad posterior Joncour entreve su existencia como “un hilo de oro que corre recto en la trama de una alfombra tejida por un loco”.

Joncour regresa a su pueblo, reintegrado a su existencia cotidiana, junto a su amigo y mentor Baldabiou y su esposa Hélène con la que comparte el amor correspondido, pero no puede sustraerse a la inquietud y hace que una dama oriental le traduzca la nota. El mensaje no puede ser más escueto y sobrecogedor: “Regresa o moriré”. La experimentada dama oriental le previene contra el mensaje y duda de la veracidad del apremio.

Hay un nuevo viaje a Japón, ya casi sin motivo y sí por muchas razones, en el que el propio Joncour está dispuesto a arriesgar su reputación y su fortuna. En un país preso de la guerra y el desorden, el encuentro es imposible, golpeado por la crueldad y privado por la fuerza de la contemplación de lo que fue un espejismo de revelación, es expulsado definitivamente de un mundo al que nunca perteneció.

De regreso a su país, ya resignado, pero aún inquieto, recibe una nueva carta, un nuevo mensaje desde el otro lado, que resulta ser una lección de comprensión y aceptación y procede del que parece no saber, es una carta falsa llena de verdades, una carta que con la complicidad de la dama oriental le escribe su mujer Hélène.

Al final de su vida, todo se desvanece. Un día su amigo Baldabiou parte ligero de equipaje, su amigo que representa quizá la voluntad, la determinación. También el amor se disuelve cuando su esposa Hélène fallece. Sólo queda Joncourt frente al paisaje de su jardín imposible, construido en una suave pendiente que desciende hasta un pequeño lago. Poco antes de que la novela termine, Joncour “… en los días de viento, bajaba hasta el lago, y pasaba horas mirándolo, puesto que dibujado en el agua, le parecía ver el inexplicable espectáculo, que había sido su vida”, todas las vidas, la vida, un espectáculo que proporciona tan poca sabiduría como certeza, apenas un dulce y triste alivio.


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