Revelación
Marlow recibe el encargo de la Compañía
de viajar hasta la profundidad de la selva, en un país
antiguo y salvaje. Parte en busca de Kurtz, un agente encargado
de la recolección de riquezas, que parece haber perdido
el juicio. Joseph Conrad le guía a través de un
viaje alucinante y alucinado, remontando cursos fluviales, ahora
lentos, casi estancados, pútridos, ahora turbulentos,
bordeando la selva y el peligro. Conrad muestra la crueldad de
los agentes con los pobladores locales, la arbitrariedad y la
mezquindad de su actividad depredadora.
Cuanto más se acerca
Marlow a su destino, las noticias son más confusas y contradictorias.
Kurtz es un enigma en un paisaje de misterio, unos alaban su
gestión rapiñadora,
otros le tachan de loco, vengativo, enemistado con las tribus
locales o quizá venerado por ellas. Marlow es un marino
de buena familia. En la travesía ascendente del río,
una lanza arrojada desde la espesura hiere y mata a uno de los
tripulantes. Marlow le asiste hasta la muerte, después
va a su cabina para cambiarse los zapatos salpicados por la sangre.
Marlow es una especie de dandy aventurero, Kurtz es indescriptible.
Por
fin se produce el encuentro, el “rescate”. Marlow
y Kurtz se conocen y se reconocen como caras opuestas de una
misma moneda, como almas tangenciales, quizá se hacen
amigos. El transporte regresa por el cauce tumultuoso y Kurtz
va dejando atrás la vida. Parece como si su corazón
perteneciera a la espesura, su alma estuviera cautiva por el
misterio de la selva.
Una noche, Kurtz relata
su pesadilla... arrastrarse por el filo de una cuchilla y sobrevivir,
sintiendo el dolor
físico como una pálida sombra, comparada con la
cegadora luz del desgarro moral y espiritual que ha sufrido.
Después Kurtz muere.
De regreso, Marlow rinde cuentas a la Compañía,
regresa a su familia, visita a la novia viuda del infortunado.
A todos miente, no por falta de valor,
sino para protegerles de la catástrofe que ellos mismos han generado.
Marlow
está ahora sobre la cubierta de un navío y narra a sus compañeros
la peripecia. El sol es una mancha incendiada en el horizonte del estuario.
A lo lejos se encienden las luces de la ciudad, bajo el navío, el agua
es un latido que se prolonga a través de los mares y los cursos fluviales,
hasta el corazón de la espesura sombría y palpitante. Todo está ya
dicho. Su rostro esculpido por la adversidad, es un mascarón, oteando
un futuro agostado y perdido. Conrad deja a Marlow sobre la cubierta y la novela
termina. Entonces alguien trae un farol. Una sombra brutal se derrama sobre
el castillo de popa. Los compañeros de tripulación miran su rostro,
su descomunal sombra y por un momento confunden al perseguidor y al perseguido.
El
mismo Marlow sabe que ya no es el mismo, desde la postrera noche en que el
agente loco le entregó con su último aliento el testigo, una
misión
insoportable e imposible: alertar a un mundo extraviado y enfermo de su propio
mal, de su irremediable colapso. Marlow acepta el encargo, acepta su destino
y ahora transita por este mundo y firma con la voz y el nombre de su malogrado
amigo.
Kurtz/Marlow, el que camina en el filo.


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