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el turista se llama accidentalmente...

Performance

Eduardo se apartó un poco para contemplar su obra. Aunque inacabada, le satisfizo. Se alejó cinco metros más y se quedó pensando todo lo que tenía y lo que le faltaba. Se apartó otros cinco metros y desde la acera de enfrente la vio casi en su totalidad. Todo había empezado con un proyecto concreto y una voluntad inamovible. Este año, en vez de sucumbir a las engañosas ofertas de los centros comerciales y los mercadillos de productos seudoartesanos, él mismo diseñaría y construiría su regalo de Navidad.

A mediados de octubre había comenzado a pensar en el asunto. No es que fuera de natural previsor, más bien su anticipación se debía a un carácter impetuoso, más voluntarioso que resolutivo, irreflexivo, atolondrado, obsesivo, siempre dispuesto a aceptar las críticas, si eran favorables, un carácter, en suma, no desprovisto de virtudes que de seguro atesoraba en lo más íntimo.

En principio pensó en algo sencillo y simbólico, informal pero apañado y con ese fin reunió algunas cartulinas de papel muy brillante y una cinta dorada que había venido con un paquetito de bombones surtidos. La primera versión le gustó y pensó que sería el regalo ideal para su mujer, en lugar de esos perfumes con nombres en francés. A mediados de noviembre el regalo ostentaba su decidida presencia en un rincón del cuarto trastero al que él llamaba estudio, cuando llevado de su espíritu perfeccionista y arbitrario, decidió añadirle unos espejitos. Abalorios y espejitos siempre han encandilado a tribus y mentes primitivas, pensó, pensando que tal como estaba quedando encantaría también a sus hijos, con lo que solucionaba el fastidio de tener que comprarles la última play station y el muñeco que se lo hace todo encima.

En diciembre, un amigo vino a visitarle y Eduardo le enseñó el regalo. El amigo que era funcionario de día y artista conceptual de noche, pensó que aquello era una instalación y se puso a hablar sobre aspectos heurísticos de la performance y las últimas tendencias en decostrucción. Eduardo le escuchó con indiferencia que aparentaba ser inteligencia y con mucha condescendencia, pues sabía que en casa de su amigo no le dejaban hablar de esas cosas. Le escuchó durante una hora y luego le despidió con premura, alegando que esperaba la visita de la peluquera del barrio. Es que me tiene que cortar las puntas, dijo, mientras se mesaba el ensortijado, desigual, escaso por un lado y mata de pelo por otro, cabello que coronaba su decidida e impertinente testa. Por supuesto que no pensaba hacer ni caso de los consejos de su amigo, pero deseaba disfrutar de la siempre enriquecedora compañía de la soledad y ver la final de copa de fútbol que daban por la tele.

El regalo había ido creciendo, así que estaba claro que el presente daba para agasajar a su familia y a los vecinos del inmueble de cuatro plantas sin ascensor en que vivía. Con mucho esfuerzo y no poca labia, consiguió subir la cosa al terrado del edificio, contando con la desigual colaboración de algunos vecinos, el del primero entusiasmado, el del segundo escéptico, que aprovechó la visita del butanero para involucrarle en el asunto, el del butano resignado, la vecina del cuarto se opuso, mientras contemplaba como la comitiva de brazos y pies luchaba con la vertiginosa forma ascendiendo una escalera, mientras pisoteaba las macetas de begonias y petunias que tenía en el rellano.

Instalado el regalo en el terrado, fue recibiendo la visita de vecinos de otros inmuebles, familiares, curiosos, niños disfrazados de hallowin y hasta la asociación belenista del barrio. Todos y cada uno de los que pasaban aportaban alguna idea, crítica, chasquear de dedos, retornillar de índices, menear de cabeza, bajar de párpados o alzar de cejas. Por supuesto que él no tenía en consideración ninguna de estas aportaciones, pero el trasiego de gentes despertaba ecos de una caverna de ideas confusas y equivocadas, que iban enriqueciendo aún más si cabe, su considerable obra. En ocasiones aprovechaba objetos olvidados por sus dueños, como un guante de látex, un bolso de polipiel, un talonario de recetas médicas, una rebanada de pan, un imperdible tamaño XL, varios objetos más, una prenda íntima usada y un preservativo sabor plátano, aún intacto.

Con todo ello y con su significado en sentido positivo y negativo e incluso con la ausencia de significado y abundancia de signo, había compuesto un mosaico que era crisol de la cultura superflua, objetos inservibles y gestos impostados, valores prescindibles y principios caducos en que se asentaba la sociedad actual, desde su personal punto de vista, desde luego. Se dio cuenta que todo lo que odiaba se adhería a su obra, como los barcos y aviones se sumergían en el incierto silencio del triángulo de las Bermudas. Vio su obra y se vio a sí mismo reflejado en cada una de las caras y brillantes perfiles de irisado fulgor. Vio su obra y se vio a sí mismo, distinto y diferente y por un sólo instante, se odió por serlo.

Llegó la última quincena de diciembre, el mes de las zambombas y de los almendros que vuelven a casa, porque siempre hay un motivo para disfrutar, a condición de que la suerte te acompañe. A mitad de semana el artefacto estaba muy crecido, así que aprovechando la visita de una excursión de paraolímpicos, varios de los cuales se desmorraron antes de llegar al segundo rellano de la escalera, propuso bajar el ente a la acera.

El trasunto se trasladó hasta un pequeño solar que hacía esquina entre dos calles y allí se acomodó arrollando en su camino una valla publicitaria de la empresa constructora. Instalado en aquel lugar privilegiado, la cosa pintaba divino. Hubo gente que, sin que él pudiera evitarlo, hizo su modesta aportación, con cosas tan bellas según Lautréamont, como un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de quirófano y un objeto encontrado y luego perdido por Marcel Duchamp, que resultó ser el urinario de un cine destruido por la onda expansiva de una entidad bancaria. Hubo quien a empujones acercó un coche abandonado con la matrícula doblada, de cuyo maletero sobresalía un paquete con la etiqueta: “Pirotecnia Sokoa: Petardos y bromas pesadas”.

Durante aquella última semana, la falla, según la bautizó un horchatero de la tercera edad en viaje con el Inserso, tuvo más visitas que La Pedrera, tanto había trascendido su fama entre los turoperators y guías del ocio on line. Vino hasta el concejal de distrito que tropezó con una pata de la cosa que invadía la acera. Sin inmutarse se arregló el flequillo, se ajustó las gafas de fina concha y continuó interesándose por sus electores. También vino la guardia urbana que se dedicó a hacer encuestas sobre la utilidad de los prostíbulos para perros y sobre si apoyaban sus reivindicaciones laboral-salariales, la de los guardias, no la de los perros.

Eduardo se apartó un par de metros más y contempló su vasta y basta obra. Extensa en su verticalidad y brutal en su factura, elaborada con el material de que están hechos los sueños y con el barro primigenio y las salpicaduras de los charcos que había dejado la lluvia de la última noche. Entonces comprobó que a su obra le faltaba algo, justo sobre su remate de cartulinas brillantes y cinta dorada y un poco más abajo de la cúpula nocturna en la que empezaba a dibujarse un gajo de luna menguante sobre el reflejo de galaxias y estrellas, que se habían apagado hacia apenas un trillón de años. Le faltaba algo, pero desde la lejanía no podía precisar qué, así que empezó a escalar por la empinada cuesta de estratos.

Ascendía trabajosamente alejándose del estruendo de sirenas de bomberos, ambulancias y destellos de los coches de policía que traían al comisario de la central, un psicólogo de crisis y un negociador, por si había rehenes. Los antidisturbios tomaban posiciones en las bocacalles y los artificieros peleaban con un robot desactivador aquejado de chispeantes cortocircuitos. En ausencia del presidente de la comunidad autónoma/territorio histórico, que estaba buscando setas en la falda del monte Montserrat, se acercó el consejero en cabeza y cuerpo entero y con el de mozos de escuadra al completo, a las ordenes de su jefe en traje de gala con chistera y alpargatas.

Eduardo llegó, no sin mucha fatiga, hasta la misma cúspide y se sentó para recuperar el aliento. Mientras pensaba qué le faltaba a aquella gesta, tosió una vez, tosió dos y antes de que fuera todo tos, sacó un cigarrillo y se los puso en la comisura de los labios. Encendió una cerilla y prendió el cigarro que dibujó una lucecita en lo más alto de la pirámide. Una lucecita que a pesar de su fragilidad, brillaba por encima de los destellos de las cámaras digitales y los focos de televisión. Eduardo exhaló una bocanada de humo mientras se deleitaba en un instante que sabía a victoria, a nicotina, alquitrán y veinticinco sustancias más. Tiró el fósforo aún encendido y contempló como descendía hasta estrellarse en uno de los estratos del nivel piso siete, aproximadamente. Absorto en su instante de gloria, se olvidó del inmenso montón de nada que le sostenía, se sintió feliz y perdonó a casi todo el mundo. Tampoco se percató, de cómo el fósforo prendía la mecha que sobresalía de un atado de cirios de iglesia o petardos de dinamita, en los que alguien, para hurtarlos a la vigilancia de los controles anti-pirotecnia-descontrolada había pintado con letras negras: Marca ACME.


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