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el turista se llama accidentalmente...

Nunca mientas a un extraño

Cada día nos contamos un montón de mentiras intentando ganar tiempo, tiempo para descubrir la verdad sobre nosotros mismos. Todas esas pequeñas mentiras nos persiguen. Son como perritos que ladran y muerden al bajo de los pantalones. Es imposible ignorarlos, pero acabarlos de una patada sería aún peor.

-Por favor, dime la verdad –dijo ella con una súplica no ajena al rencor.
-De verdad, no hay por qué preocuparse -le respondí, intentando tranquilizarla.
-Pero ¿qué vamos a hacer?
-Nada, no haremos absolutamente nada.
-No me digas que todo se va a arreglar, eso ya lo dijiste antes y mira…
-No, mejor nos apartamos de la ventana.
-Pero ¿quiénes son esos tipos que nos siguen?
-No tengo ni idea, detectives privados, huele-braguetas…
-¿Y quién los ha contratado?
-Supongo que tu marido.
-¿Por qué lo supones?
-Sólo lo supongo, no hay nada cierto, ni incierto, la verdad y la mentira transitan en sendas demasiado cercanas.
-¡Por favor! deja ya tus odiosas divagaciones, esto es por tu culpa.
-De acuerdo, pero todo lo hice por ti.
-Ja, ja, lo dudo.

Si las mentiras piadosas ayudan a vivir, ¿las verdades piadosas ayudan a morir? Sinceramente no lo sé. A veces algunas mentiras sirven para decir una gran verdad, a veces una gran mentira se construye con verdades a medias. Pero a pesar de la ponzoña de las mentiras el mundo sigue girando, inmune a su propio veneno.

-Todo es por tu culpa.
-No del todo.
-Sí, ya me dijiste que la culpa era de ellos, pero me mentiste.
-Y tú ¿cómo lo sabes?
-Se lo pregunté a mi marido.
-¿Se lo preguntaste? ¡vaya idea!
-Estaba muy asustada, se lo pregunté.
-Y él ¿qué te dijo?
-Dijo que no era cierto lo que me contaste.
-Y él ¿cómo lo sabe?
-Porque él es uno de ellos.
-Ja, ja, ja, permita que me ría. Ellos no existen.

La verdad y la mentira son como el agua y el aceite, nunca se mezclan del todo, pero a menudo aparecen confundidos y confusos en el agua de la bahía. Bajo la oblicua luz de la mañana te regalan un arco iris de destellos esquivos. Imposible saber si debajo de la engañosa lámina irisada los cadáveres que flotan están definitivamente muertos.

-No deberías reirte de estas cosas.
-Ellos no existen.
-¿Cómo estás tan seguro?
-Por la sencilla razón de que yo los inventé.
-¿Tú los inventaste? ¿por qué?
-Tú necesitabas una respuesta y yo te la dí.
-¿Sólo por eso?
-Sólo por complacerte.
-¿Todo lo has hecho por un simple polvo?
-Han sido más de uno y de dos, ¿no te acuerdas?
-Claro que me acuerdo, pero me mentiste.
-Sólo en eso, lo demás era verdad.
-¿Cómo puedo saberlo? mientes más que hablas.
-Lo reconozco, la imaginación me pierde, yo mismo a veces no sé…
-¡Dios mío! vienen hacia aquí.
-Te repito que ellos no existen, los inventé.
-¿Pero y ellos, lo saben? Quizá con tú laberinto de mentiras descubriste una verdad más atroz.
-Quizá -dije y luego guardé silencio. Los pasos resonaban en la escalera. Al menos eran tres.

Mentimos a las personas que tenemos más cerca, mentimos a las personas que apenas conocemos. Cada día lanzamos mentiras al azar sin preocuparnos de quién pueda creerlas, no imaginamos las consecuencias. Deberíamos pensarlo dos veces antes de mentir a un extraño.


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