Mudanza
Acababa de mudarse y todo le parecía nuevo
y agradablemente extraño. Había alquilado un apartamento
en el centro de la ciudad, en un edificio antiguo con balcones
que se asomaban al cruce entre dos calles. Apenas unos pocos
muebles le permitían hacer vida, mientras las cajas por
desembalar se amontonaban en los rincones. Aún no tenía
cortinas y ante la disyuntiva de cerrar las contraventanas, viviendo
consumido por la luz eléctrica y mostrar su pobre intimidad,
había optado por vivir a la vista de los demás.
Así que si los otros podían verle, él tenía
derecho a mirar. Desde el apartamento veía edificios de
estilos dudosos, viviendas a partir del segundo piso, en los
bajos, comercios de ropa y calzado, algún café falsamente
antiguo; en el primer piso del edificio de enfrente había
una academia de baile.
Por las tardes, cuando regresaba de su
trabajo, se entretenía
ojeando revistas atrasadas y escuchando su colección de
discos de vinilo. A ratos miraba por la ventana hacia la academia
de baile. A primera hora de la tarde, ballet clásico para
aprendices de cisne, luego bailes de salón para parejas
con ilusión, más tarde… se había fijado,
cómo no hacerlo, en aquella chica que casi siempre bailaba
sola. Su estilo muy personal, muy… bueno, él no
entendía de baile, es más, nunca había aprendido
a bailar, en los guateques de juventud siempre se encargaba de
poner los discos y en las bodas… la verdad, no había
ido a muchas bodas, a la suya tampoco.
Aquella chica bailaba,
pero ¿qué? Por la tarde
sonaba música de orquesta que hacía juego con las
mallas y los tules, después hablaban los tambores del
caribe y el bandoneón arrastrando la nostalgia por los
arrabales; cuando ella bailaba no se oía música.
Casi siempre sola, en alguna ocasión un chico muy joven
la acompañaba, hacían algunos pasos y luego se
despedían, cosa curiosa, se decían hola y adiós
con gestos de la mano. Él, desde su balcón, miraba
y sonreía, a veces le parecía ver que mientras
descansaba o se anudaba el cordón de una zapatilla, ella
le devolvía el saludo.
Luego, la veía salir con
su bolso en bandolera y su sonrisa permanente. Siempre hacía
lo mismo: saltaba los dos últimos
escalones desde el portal a la calle y se alejaba bailando, moviendo
una mano, avanzando de costado. Sus brazos eran melodía,
sus caderas ritmo, sus pies dibujaban pasos sobre un escenario
deslizante. Avanzaba sobre el silencio, trasportada por una música
que sólo ella oía. Todas las tardes, todas, miraba
a través del cristal, la veía bailar, la veía
salir, la veía alejarse, qué tristeza, y qué alegría,
encontrarla a la tarde siguiente. Todas las tardes pensaba en
bajar, cruzar la calle, invitarla a bailar, pero él no
sabía bailar, o a charlar, pero ella…
Aquella tarde
se decidió. Bajó las escaleras y
abrió la puerta del portal, pero volvió sobre sus
pasos, llovía. Bajó de nuevo con una gabardina,
pero olvidó el paraguas. A lo hecho pecho, cruzó la
calle bajo el aguacero. Con las gafas empañadas no pudo
ver como ella saltaba fuera del portal y le arrollaba. Perdió el
equilibrio, resbaló y calló al suelo, sobre el
pavimento líquido y brillante. Ella, para reparar el involuntario
atropello, le tendió una mano que él tomó azorado,
luego tiró con fuerza izando al empapado patoso. Por la
inercia del movimiento, él se desplazó a un lado,
para no perderla, la asió con la mano libre por la cintura.
Ella cimbreó la cadera y se desplazó dos pasos, él
mantuvo la mano enlazada y ella, haciendo un molinete se coló por
debajo de su brazo. ¿Qué hacer, qué decir?,
ritmo, melodía, cuerpo, armonía, danza muda, vida,
mudanza.
Ella se separó un poco e hizo una reverencia.
Antes de marcharse junto las manos delante de su pecho y luego
giró una
de ellas dibujando en el aire una promesa. Él se quedó mirándola,
bajo la cortina de lluvia iluminada por las farolas de la calle.
Subió a su apartamento y buscó un libro sobre lenguaje
de signos. Recorrió sus páginas y reconoció el
gesto que ella había dibujado. Lo ensayó un buen
rato hasta aprenderlo de memoria mientras sin voz repetía:
hasta mañana, hasta mañana…


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