¡Maldita
Navidad! (2004)
Todos los años era igual, la publicidad
anunciaba que ya era Navidad en los centros comerciales y todo
el mundo se
lanzaba al consumo desenfrenado de sucedáneos de felicidad,
eso sí, bellamente empaquetados. Él prefería
abstenerse, ejercitando un desinterés parejo hacia el
mundo material y hacia los demás seres humanos. La familia,
poca y lejana, no le reclamaba para que fuera a atiborrarse de
bebidas espumosas y aves rellenas y a discutir de futuras herencias
sobre el cadáver viviente de los parientes más
ancianos.
Sólo había un pequeño detalle
que le perturbaba: semanas atrás había caído
en la tentación
de apuntarse a una especie de tertulia literaria. Ese domingo
habían acordado reunirse y cada uno debía aportar
un pequeño relato. El tema: La Navidad. ¡Qué idea
tan original! Maldita la gracia que le hacía y además
no se le ocurría nada. Sería mejor dar una disculpa
por teléfono y excusar su asistencia. La perspectiva de
presentarse con las manos vacías le incomodaba, pero aún
más le fastidiaba la previsible charla de los contertulios,
sus dudosas ocurrencias y quejas llorosas sobre los temas más
variados.
De todas formas, era demasiado tarde, la hora
de la cita había
llegado y no había escrito una sola línea. Así todo,
bajó a la calle y fue caminando hasta donde habían
quedado. Llegaba deliberadamente tarde, así que pudo ver
a través de los cristales empañados a sus compañeros
y compañeras de tertulia. Charlaban animadamente, haciendo
tiempo para que llegaran los asistentes más impuntuales.
Permaneció pegado al cristal, arguyendo coartadas… la
vida y la adversidad le habían convertido en un lobo estepario
que se apartaba deliberadamente de la manada, mejor así,
mejor para todos, se apartaba por su propia tranquilidad y por
el bien de su prójimo, un lobo estepario de corazón
caníbal, bordeando siempre el peligro…
Se subió las
solapas del abrigo, dio media vuelta y comenzó a
caminar por la ciudad horriblemente iluminada. Caminando por
aquella, su tan querida y odiada ciudad, caminando, se perdió en
las calles. No pudo ver como una figura empujaba la puerta del
café y entraba. Un hombre más viejo que sabio,
más grave que triste, un hombre que saludó a los
allí reunidos y se sentó a su lado. Ensayó una
sonrisa, sacó unas cuartillas dobladas del bolsillo y
comenzó a leer: ¡Maldita Navidad!…


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