Los muertos
no mienten
Harry apareció de
repente en la esquina de la avenida, llevaba una gabardina impermeable
y el sombrero calado sobre una mueca de desprecio.
Amanda acababa
de salir del hotel, iba a encender un cigarrillo cuando se quedó congelada
a doce centímetros del
suelo, sobre sus zapatos de tacón.
Harry avanzó sobre
el pavimento mojado hasta tocarla con la punta de un dedo, una
estatua de mármol glauco al borde
de la catástrofe.
Amanda tiró el cigarrillo al suelo
y lo pisoteó como
una niña contrariada, ensayó una sonrisa mientras
balbuceaba.
- No sabía que habías muerto.
- No, sólo estaba fuera de la cuidad.
- Quiero decir que no les creí, cuando me lo dijeron.
- Es mejor que sigan pensando que no estoy aquí.
- Pero yo te he visto y si me preguntan no sabré mentir.
- No será necesario, porque no te encontrarán.
- Pero yo no pienso irme de la ciudad…
- No irás a ninguna parte, vas a quedarte aquí…muerta.
Harry
la tomó del brazo, Amanda no opuso resistencia.
De nuevo comenzó a llover y los dos desaparecieron bajo
el aguacero de lágrimas sucias que calaba con rencor hasta
los huesos.


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