Lo confieso
Yo también escribo. Sé que es una
mala costumbre y que no me traerá nada bueno. He intentado
dejarlo muchas veces, pero a mi edad es muy difícil y
además ¿qué hacer con todo lo que he vivido?
Lo confieso, pero no toda la culpa es mía.
Para un carácter mudable, hacen mucho las malas compañías.
No voy a dar nombres, pero fueron varios los que me hicieron
pensar que había otros mundos, otra vida posible.
Yo también escribo, qué le vamos
a hacer. Mis amigos me dicen, “hazte funcionario”, “saca
a pasear al perro”, pero yo no tengo perro. He intentado
sacar al gato, pero me da mucha pena, cuando clava sus uñas
en el sofá mientras se resiste.
Mientras camino solitario, pienso. Puedo pensar
y caminar al mismo tiempo sin tropezar con las farolas del parque,
pero prefiero pararme, para que los pensamientos vayan más
deprisa. Entonces entro en un bar, me siento y pido una copa
de ginebra. No escribo, sólo pienso en el relato hasta
que el relato me piensa.
Cuando era más joven, una de aquellas tardes
en compañía de la soledad, vino a visitarme la
tristeza. Me senté en mi pupitre de estudiante perezoso
y escribí, no me acuerdo muy bien, un torpe poema, un
relato inconcluso. Primero fue el verbo, pero yo elegí un
adjetivo, esdrújulo. Por un momento creí que las
palabras podían explicar la tarde, la calle, la tristeza,
por un momento creí... luego me olvidé y seguí escribiendo.
Alguien dijo que el mundo es un cuanto lleno de
ruido y de furia, contado por un idiota que desconoce su final
y su significado. Yo no aspiro a ser un tonto tan útil.
Sólo ocurrió que estaba allí, asomado a
la ventana cuando la vida pasó por el otro lado de la
calle. Me asomo de nuevo hoy, en la penumbra, mientras persigo
mi relato al borde del desasosiego. Busco un punto y aparte,
pero encuentro un punto y seguido. Se hace de nuevo el verbo,
futuro perfecto, tercera persona del singular: “continuará”...


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