Limonada
helada
Hacía mucho calor. Acababa de salir de
la ducha y ya estaba sudando de nuevo. Se pasó la toalla
por la piel estremecida y se frotó el cabello alborotado
y con mechones mojados sobre la frente. La ventana permanecía
abierta y la puerta del apartamento entornada, pero no corría
el aire. Se sentó en el borde de la cama. ¡Qué calor,
eh Julia! le dijo a la imagen del espejo. La imagen... el pelo
corto y negro, la piel más bien pálida, el rostro
ovalado, agradable, la silueta esbelta pero no atlética,
las formas suaves y poco pronunciadas... sí, era ella,
desde luego. Tiró la toalla sobre una silla, acomodó las
almohadas y se recostó en la cama, de costado, para no
perderse de vista. Su imagen en el espejo le recordaba una pintura, ¿pero
cuál? Estuvo ensayando varias posibilidades pero no acababa
de decidirse: la Venus del espejo, no, ella era mucho mas delgada;
desnudo de Modigliani, tampoco, sus formas no eran tan redondeadas;
quizá una pintura de Hopper, pero sus mujeres casi siempre
estaban de pie o sentadas; Balthus, siiii, una imagen desmayada
y de colores cálidos en la penumbra de la tarde. Apoyada
sobre el codo, colocó una mano detrás de la nuca,
la otra, distraída, había descendido por su pecho,
entretenido en su vientre, recorrido su cadera y ahora reposaba
en un lugar que era tierra de nadie, a medio camino entre su
ombligo y su pubis, que brillaba aún por la humedad. Así recostada,
se sentía a gusto, intentando no pensar en nada, no desear
nada.
Ese año, había venido sola de vacaciones
y había
alquilado un apartamento frente a la playa. Los primeros días,
las primeras noches, no conocía a nadie, no estaba triste,
sólo algo cansada. Cada mañana iba a la playa,
se bañaba y después se protegía del sol
bajo los toldos de alquiler. Por las tardes paseaba por las calles,
las plazuelas de la villa marinera y turística. Por las
noches cenaba sola en el hotel y luego salía. Se sentaba
en una terraza y veía pasar la gente: parejas mayores,
jubilados europeos animados por la comida y la bebida abundante,
parejas de mediana edad, atléticos y bronceados, pandillas
de jóvenes, a veces chicas solas, alborotando la noche
y confundiendo brazos, hombros y cinturas, entre la luz y la
sombra. Se relajó mientras se contemplaba en el espejo,
la cara, el pelo, los brazos, una pierna extendida, la otra semiflexionada.
Se abandonó un poco más y entornó los ojos,
hacia mucho calor, ufff, lo que daría por una limonada.
Abrió los
ojos, su prima le ofrecía un gran vaso
lleno hasta el borde de cristales amarillos. Estaban en el granero
de la casa del pueblo, una tarde de calor, hacía ahora
bastantes años. Cuando era pequeña, pasaba los
veranos al cuidado de sus tíos y de su prima Amanda que
era algo mayor que ella. Vivían en una casa de piedra
y madera muy antigua y muy bonita. Al lado estaban las cuadras
y el pajar, con un altillo donde se guardaba la hierba seca para
el invierno. Por la tarde hacía más calor que nunca
y todos dormían la siesta. Ellas se escapaban al pajar,
donde la luz se filtraba por las maderas mal ajustadas. ¡Julia,
que calor! se había dicho a si misma. Pues quítate
la ropa, había respondido Amanda. Es que me da no se qué,
protestaba. Vaya hija, que remilgada eres. Amanda, se había
desabrochado la camisa y comenzaba a quitarse los pantalones.
Ves, así se está mas fresquito. Llevaba una camisa
de cuadros y unos pantalones de mahón, azul marino, vestía
ropa de chico y a veces se comportaba como un chico, peleaba
y disputaba, era algo bruta, pero con ella no, con ella siempre
era delicada. Le dejaba entrar en su cuarto y cuando se metía
en la bañera de cinc, Amanda venia y le frotaba la espalda.
Hacía
cada vez más calor, ni estando desnuda sobre
la cama sentía alivio. Pero ¿dónde estaba
su limonada? La noche anterior había conocido a una chica
que también estaba sola de vacaciones. Habían hablado,
habían ido a un par de bares, se habían reído
como locas y también se habían contado sus penas.
Ahora la chica había salido a por unos refrescos y ella
esperaba, esperaba...
La luz de la tarde se filtraba por las cortinas
como la luz de aquella tarde se colaba por entre las rendijas
del pajar y suspendía
en sus haces de rayos oblicuos briznas de polvo con los colores
del arco iris. Amanda había dicho, mejor nos quitamos
la ropa, pero ella... Estaban tendidas en una sábana vieja,
sobre los fardos de hierba amontonados. Amanda había traído
un gran vaso de limonada en el que flotaban varios cubitos de
hielo. Mejor sin ropa, Julia, decídete, criatura. Por
fin Julia se quito la ropa, primero la camiseta con dibujitos,
después la falda rosa con bolsillos por fuera, después...
Apúrate, dijo Amanda, no voy a ver nada que yo no tenga.
Poco podía ver. Aquel verano aún no había
desarrollado, solo unos pequeños bultitos en los que se
dibujaba el botón de unos rosados pezones. Amanda en cambio,
poseía ya una decidida figura, las caderas bien formadas,
la cintura estrecha, los hombros amplios bajo el pelo corto y
despeinado. Su prima le acercó el vaso de limonada,
Julia
se recostó y bebió, casi se atraganta, un hilillo
del líquido resbaló por su barbilla. Huy está frío,
sí verdad, pues mira, así es mejor, Amanda metió los
dedos en el vaso y sacó uno de los cubitos de hielo, se
inclinó sobre su prima y se lo paso por el pecho. Julia
sintió un rastro frío que dibujaba círculos
y luego descendía hacia su ombligo, mientras se le erizaba
el vello por todo el cuerpo. Una sensación inquietante
y placentera a la vez. Se abandonó, no pensaba, no deseaba
nada, sólo estar allí. El cubito se deshacía
entre los dedos de Amanda y la tibia piel de Julia, que ahora
entornaba los ojos y se mordía el labio. Abrió los
ojos de nuevo al notar el aliento de Amanda, que depositaba un
beso en cada una de sus mejillas. Sintió cómo lamía
el rastro de limonada, después ya no recuerda nada, una
vaga sensación, un territorio desconocido hacia el que
iba sin voluntad ni consciencia, abandonada, inerte, sintiendo
su cuerpo en la distancia, como proyectado al futuro.
Julia se
espabiló, la puerta del apartamento se había
abierto y vuelto a cerrar, frente a ella estaba la chica que
mantenía algo en la mano. Ajá, has traído
la limonada, la otra asintió, mientras sostenía
un gran vaso de liquido amarillo en el que flotaban grandes piedras
de hielo. ¿Crees que será suficiente? Julia dijo:
sí, acércate. La chica se sentó al borde
de la cama, Julia miraba con ansiedad, a la chica y al gran vaso
de limonada.


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