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el turista se llama accidentalmente...

Lía et Leo

Lía es una mujer atractiva aún a su edad que no es mucha, pues aparenta menos de los que tiene y tiene menos de los que ha cumplido. Su vida es solitaria pero en cierto modo feliz, pues sabe que la soledad es la mejor compañía para las personas exigentes. Vive en París, en una buhardilla del barrio latino, una existencia modesta casi bohemia. Pero en realidad, Lía es una rica heredera, hija de un matrimonio judío que huyó de Alemania ante la amenaza del nazismo. Vivió sin saber su condición ni origen hasta que sus padres fallecieron, dejándola una gran pena y una inmensa fortuna. De carácter sensible y aptitudes artísticas, se dedica a hacer retratos, con no demasiado éxito, pues su estilo personal que va más allá de los rasgos físicos del retratado, no suele ser del agrado de turistas ociosos e ignorantes. Así pasa la vida para Lía, hasta que una tarde, sentada ante su caballete ambulante...

Leo es un hombre en edad interesante, demasiado joven para morir y demasiado viejo para el rock & roll. Después de varios años trabajando como redactor en una prestigiosa agencia de publicidad, le han despedido. Rechazaron por inverosímil su última propuesta: un camarero blanco, anglo-europeo, se bebe una botellita de cola en una fiesta de la alta sociedad hindú. Su mujer le ha abandonado y se ha llevado las obras de arte. Posee un coche embargado por impago de las letras, un plan de pensiones a medio financiar y dos hipotecas sobre su chalet acosado, así que decide liquidarlo todo y darse unas vacaciones de sí mismo. Con su mejor ropa y los billetes de quinientos euros doblados en el bolsillo, emprende viaja a París, para contemplar por última vez la colección de pintura impresionista del museo d’Orsay y tomarse una copa de licor en el café Les Deux Magots. Una mañana lluviosa llega a la cuidad de la luz y de los reflejos esquivos y esa misma tarde, caminando por la orilla izquierda del Sena…

Sin saber por qué, Leo acepta la invitación de una atractiva artista callejera y se sienta para que le hagan un retrato. Al contemplar el dibujo ve un rostro tan picasiano, que impresionado, deja caer el dibujo al suelo. Ambos se agachan al mismo tiempo, chocando sonoramente sus cabezas. Desmayados caen sobre el empedrado de París y una ambulancia los traslada al hospital. Instalados en camillas contiguas, despiertan y nublada su mente por una amnesia transitoria, se reconocen como los únicos seres en el mundo. Cuando les dan el alta, deciden irse juntos. Lía recobra en parte su memoria, sobre todo los números secretos de sus cuantas bancarias. Leo recuerda una maleta vieja en una pensión barata, pero prefiere olvidarla. Ah, Lía y Leo existen, pero no les busquéis en los bulevares de París. Unos seres tan nuevos necesitaban recuerdos, así que están de crucero por el mundo. Casualidades, han embarcado en el Titanic II. Seguiremos informando.


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