La felicidad
cruza a lo lejos
El hombre de la frente despejada conduciendo su
deportivo metalizado, llegó hasta el semáforo,
justo en el momento en que el naranja cambiaba a rojo. Mientras
esperaba, se entretuvo mirando las vallas publicitarias. Una
chica sentada en el borde de un sofá anunciaba, no, no
anunciaba sofás, llevaba una camiseta o un suéter
y nada más, al menos él no veía más,
tampoco anunciaba géneros de punto, más que nada
se fijó en sus piernas, muy muy largas, tampoco anunciaba
medias, no llevaba. Eran unas piernas preciosas, interminables
y le recordaban... El ruido del tráfico tapaba las bocinas
de los automóviles, mientras el semáforo cambiaba
de verde a naranja y ahora, a punto estaba de cambiar a rojo
de nuevo. Apretó el acelerador y se adentró en
el cruce. El camión que avanzaba por la travesía,
le golpeó de lleno. El coche dio dos vueltas de campana
y quedó de nuevo sobre las cuatro ruedas. El hombre de
la frente despejada sentado al volante, parecía dormido.
La sábana ligeramente descolocada descubría
el torso y parte de una pierna, las manos desnudas no mostraban
huellas de ningún anillo. El hombre de la cicatriz, miró el
cuerpo de arriba abajo, luego lo tapó con la sábana.
En su rostro, un profundo surco cruzaba desde el labio inferior
y se perdía en la mejilla izquierda. Aquella marca le
había acompañado toda su vida. En el colegio, objeto
de crueles bromas de sus compañeros de pupitre, sólo
aquel simpático muchacho de frente despejada se había
acercado lo suficiente. Uno de los brazos que colgaba fuera de
la camilla, tenía el puño cerrado. El hombre de
la cicatriz lo tomó y venciendo la rigidez, abrió la
mano. Quizá por el contraste con el aire frío de
la sala, la mano liberó unas burbujas de aire, como copos
de diminuta nieve que se disolvieron al instante. El hombre de
la cicatriz, dijo “Rosebud”. La ayudante del forense
le miró por encima de la máscara, sin entender
como casi nunca, sus enigmáticas bromas.
La chica de las piernas interminables, estaba
recostada en el sofá. Oyó como una llave giraba
en la cerradura. Hoy le he visto, dijo el hombre desde la puerta. ¿Y?,
preguntó la chica. Creo que se ha ido para siempre. No
necesito los detalles. Entiendo que todavía le culpes.
Acércame a la ventana, dijo la chica de las piernas interminables.
No, prefiero que me lleves en brazos, añadió mientras
señalaba con la mirada una silla de ruedas plegada en
una esquina. El hombre de la cicatriz la llevó en volandas.
El reflejo de la ciudad nocturna temblaba y se disolvía
en el agua de la bahía. La chica dijo: ¿Crees que
lo nuestro es real? El hombre de la cicatriz respondió:
Es real, porque no somos felices.


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