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La edad del espejo

Dicen que la vida es algo que ocurre mientras tú te ocupas de otros asuntos. Esa tenía que ser la explicación, porque la vida había pasado y ella no se había enterado. Ahora, mientras se contemplaba en el espejo, sentía una vaga extrañeza. Reconocía en aquella figura desmayada a su madre, a su tía quizá, pero detrás de la pantalla de ropa y de carne veía a la niña que siempre había sido y que seguía ahí, anhelante.

¡Dios, cómo pasaba el tiempo! y ella entretenida con sus cosas. Siempre había sido una niña rara, encaramada a sus sueños inconcretos, y mientras tanto el tiempo, la edad… una cifra en el carné de identidad, una fecha en el calendario para que la gente te recordara que cumplías un año más, ¿cuántos? prefería olvidar. Pero el momento había llegado, siempre llega al final. Dicen que nunca es el final, que la vida sigue, pero ¿qué vida?, dicen que siempre queda tiempo, esperanza, palabras para el triste consuelo.

Una niña rara, siempre sola a pesar de las personas que había conocido. Alberto fue el primero pero no el último, Alberto, el del pupitre de al lado, tenía una caja de rotuladores con todos los colores del mundo, pero ella buscaba un color que Alberto no tenía. Después fue Carlos, en el instituto. Carlos sabía bonitas palabras, ella las bebía de sus labios hasta que las palabras se gastaron, ella quería más y Carlos quedó mudo. Luego fue Víctor y Pedro y uf… ya había perdido la cuenta, sus rostros se disolvían en la distancia como en el azogue gastado de un espejo.

Se miró de nuevo, esas manos esquivas, ese flequillo aún rebelde, pero ¿quién la miraba? Ya no quedaba tiempo, inútil preguntarse, arrepentirse. Se arregló la ropa, un gesto de coquetería tan inútil como complaciente. Salió de su habitación y a punto estaba de ganar la calle, cuando…
-¡Sorpresa! -primero oyó un grito.
Allí estaban todos, su familia, sus amigos, todos confabulados. Lorena la atrapó por un brazo y con la ayuda Roberto la empujaron hasta la mesa del comedor.
-¡Sorpresa, sorpresa! -repetía un impertinente coro.

Inútil resistirse, se abandonó en la silla. Aún pudo contemplar la imagen en el espejo, una niña todo ojos que la miraba. Sintió un vago alivio al pensar que aquello no le estaba pasando a ella. Se inclinó sobre el dulce presente, letras de chocolate, números de crema, cifras, palabras, daba igual, concluyó, la edad era del espejo. Entonces dio uno, dos, tres soplidos sobre su tarta de cumpleaños y apagó las veinte velitas.


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