Irrelevante
El hombre que se creía afortunado
se acomodó en el asiento dispuesto a iniciar una conversación,
supongamos que dos trenes salen a la misma hora de dos ciudades
diferentes… El hombre sin suerte le interrumpió,
rara me parece tanta puntualidad. El paisaje era un diorama que
discurría al otro lado de la ventanilla, a ratos, los
postes de la electricidad avanzaban o retrocedían sobre
un fondo de colinas desgastadas. Pero supongamos, insistió el
hombre que se creía afortunado, salen a la misma hora,
circulan en direcciones opuestas y a distintas velocidades… Ya,
apostilló el hombre sin suerte, uno es de alta velocidad y el
otro un tren carraca. Supongamos que así es, uno circula
desde A hacia B y otro desde B hacia A… Precisamente de
eso quería hablarle, apuntó el hombre sin suerte,
inclinando un poco la cabeza. Prosigamos, dijo el hombre que
se creía afortunado y después con autoridad preguntó: ¿a
qué distancia estarán los trenes cuando se encuentren?
Creo que eso es irrelevante, gruñó el hombre sin
suerte. Perdone amigo, pero su actitud me parece poco colaboradora.
No lo crea, lo que pasa es que no tengo suerte. Bien, sé que
somos dos extraños en este tren, pero ¿y si yo
hiciera algo por usted? Mejor que no, esa película la
he visto y no acaba nada bien. De acuerdo, dejemos el asunto,
en cuanto le vi entrar en el vagón supe que usted....
Pero yo ya estaba aquí cuando usted llegó, advirtió el
hombre sin suerte. No es posible, yo viajo desde la estación
de origen A. Lo mismo hago yo, pero desde la estación
de origen B. Perdone, pero es imposible que viajemos en el mismo
tren y en direcciones opuestas. Con un gesto resignado el hombre
sin suerte le ofreció su billete. El hombre que se creía
afortunado extendió la mano para rasgar el vértigo
de imágenes que se precipitaban desde un túnel
de pavor, justo cuando la distancia entre los dos trenes era
irrelevante, en medio del estruendo de hierros retorcidos, fuego
y nubes de polvo.


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