Eterno
retorno
No me hagan mucho caso, a veces me pasan cosas… No
es que tenga visiones ni que oiga voces extrañas, pero
a veces, una idea se me enreda en la cabeza, como un cordel se
enreda en el fondo de un bolsillo. Nadie lo ve y nadie puede
evitarlo, se enreda una y otra vez, sin remedio.
Aquella mañana
tenía una resaca descomunal, la noche anterior había
estado bebiendo, no recuerdo por qué, quizá había bebido
para olvidar o al beber había olvidado. Un nombre martilleaba en mi cabeza:
Jack Daniel’s, no me hagan mucho caso.
Estaba sentado en mi mesa de trabajo, trabajo es un decir, pues hacía
siglos que no tenía un asunto decente. Estaba sentado en mi mesa cuando
alguien llamó a la puerta. A través de la hoja de cristal semitransparente
ví la silueta de una mujer. Antes de abrir, me abroché la camisa
y me puse la chaqueta, hay que causar buena impresión. Si la gente sospecha
que estas necesitado, olvídate de que te hagan un favor; si estás
esperando un trabajo, espera sentado, etc, etc. Debí despistarme mientras
reflexionaba. La mujer volvió llamar a la puerta. Abrí y ella entró,
sin mirarme. Le ofrecí una silla, se sentó en silencio.
-¿Y
bien? –dije, intentando disimular mi impaciencia. Me miró de arriba
abajo y de abajo arriba.
-¿Y bien? –repetí, arqueando una ceja.
-Quiero que encuentre a un amigo, un buen amigo –añadió.
-Lo haré encantado.
-Encuéntrelo, está en peligro.
-¿Peligro?
-Le persiguen pero él no es culpable.
-Culpable ¿de qué?
-Le acusan injustamente, de un asesinato.
-Perdone, señorita, pero si se trata de un hecho criminal, debería
acudir a la policía.
-No, ellos no lo entenderían.
-Insisto, si se trata de un asesinato…
-¿Un asesinato dije? no, hablaba en sentido figurado.
-Ah, las muertes simbólicas son las que más duelen –reflexioné-,
las otras son sólo un proceso químico-administrativo, las moléculas
se disgregan y te dan de baja en el censo y bla, bla, bla
-Por favor, señor –me interrumpió
-De acuerdo, pero dígame algo ¿quien es él, a qué dedica
el tiempo libre?
-Friederich es escritor, de ahí vienen todos los problemas, la otra noche
se marchó, estaba muy agitado, no llevaba maleta, llevaba abrigo, no llevaba
sombrero, llevaba bufanda…
-Bien, creo que una foto me ayudaría.
-Lo reconocerá en cuanto le vea.
-No sé, no estoy seguro de poder ayudarla –balbuceé- pero
lo haré –concluí con aplomo. Ella acababa de poner sobre
la mesa un pequeño fajo de billetes.
Se levantó y me ofreció su mano, la tomé, cuando se la devolví descubrí que
me había dado una tarjeta.
-Señorita, ¿cómo contactaré con usted?
-Yo le llamaré –dijo desde el pasillo.
-Dígame al menos su nombre –supliqué
-Salomé, Lou Andreas Salomé.
Sostuve la tarjeta entre el índice
y el pulgar y leí: “El
Pozo del Saber. Almacén de libros viejos” ¡Dios! qué intrincados
son los caminos hacia la verdad, pero no hay misterio que una mente lógica
no pueda resolver, aunque siempre ayuda que te escriban bien clarito el nombre
de la calle, el número y el código postal.
Me puse en camino dando pequeños rodeos, crucé la avenida, doblé por
una calle, atravesé el parqué, la avenida de nuevo… Cualquiera
que intentara seguirme se habría perdido en el intento, yo mismo me detuve
desorientado. Estaba frente a un edificio de ladrillo con ventanas de vidrio
emplomado, un portón metálico con dintel, jambas y rodapiés
de granito. Dentro, se veían montañas de libros, en el piso superior
había una oficina apenas iluminada. Me deslicé dentro con sigilo
y comencé a subir las escaleras. A través de la puerta entornada
de la oficina podía contemplar casi toda la escena. Un tipo con bigote
estaba sentado en una silla, al otro lado de la mesa otro tipo hablaba y se estrujaba
las manos. Había un tercer tipo que al principio no ví, apoyado
en un rincón parecía un armario, cuadrado y silencioso.
-Friederich, ¿por
qué? –dijo el tipo nervioso.
-Yo que sé, Arthur –respondió el tipo con bigote.
-Pero él está muerto –protestó el tipo nervioso.
-Si Arthur. Pasó lo que tenía que pasar.
-No, no se puede decir simplemente él ha muerto, tú lo mataste.
-¿Qué quieres que te diga? pobrecito, yo no quería.
El
hombre nervioso miró hacia el rincón, Richard permanecía
callado, como una estantería de pared.
-Pero Friederich, esto es terrible, él era muy apreciado, alguien
necesario.
-Quizá sí y quizá no, pero esta muerto y punto.
-Ya se que no toda la culpa es tuya, Friederich, aunque así hablara
Zaratustra, es una pena que Dios haya muerto.
-Ups –Friedrich Nietzsche se encogió de hombros.
-Uf –añadió Richard Wagner desde su rincón.
-Puaf –sentenció Arthur Schopenhauer.
Había visto
y oído suficiente. Me dolía la cabeza como
si me hubieran golpeado con un volumen de obras completas. Regresé a
mi despacho y cerré la puerta con llave. Abrí el cajón
del escritorio y saqué un vaso y una botella. Jack Daniel’s ¡jopelines!
Ahora empezaba a recordarlo todo, la noche anterior, todas la noches,
desde el principio hasta el fin y vuelta a empezar. Alcancé un
librote de la estantería.
Me serví un vaso y di un trago largo, Jack, viejo compañero,
brindemos por los nuevos amigos. Abrí el libro al azar y leí: “todo
vuelve y retorna eternamente”, bebí otro trago, Friederich,
Jack, nuevos, viejos amigos. A veces las ideas se me enredan en un
bolsillo y un cordel
tenso como un nervio me late en el fondo de la cabeza, a veces… no
me hagan mucho caso.


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