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El hombre más desgraciado del mundo

La primera vez que lo vio, Carlos se dio cuenta que aquel hombre no había sido tocado por la gracia. Ahora, caminaba varios pasos por detrás de él mientas le observaba. De estatura mediana, andaba algo inclinado por lo que parecía más bajo. La chaqueta, demasiado ligera para el frío ya presente del otoño, le colgaba desigual por ambos lados, los pantalones deshilachados descubrían unos mocasines de piel granate con las suelas muy desgastadas.

Habían recorrido varias manzanas por aquel barrio de calles estrechas y mal iluminadas. Edificios de tres y cuatro alturas, casas bajas, tapias medio derrumbadas y viejas lonjas o restos de talleres abandonados. Carlos le seguía a cierta distancia. La noche se tornaba gélida y se felicitó por haberse puesto el abrigo de pelo de camello y los zapatos con suela de goma cosida a mano.

Parecía que estaban al final del camino. Su coche le esperaba aparcado a la izquierda. A la derecha se levantaba uno de aquellos bloques de tres alturas. El hombre se detuvo y empujando la puerta metálica en la que faltaban algunos cristales, entró y desapareció en la penumbra de la escalera mal iluminada. Carlos se quedó un rato frente al edificio en el que se encendían y apagaban algunas ventanas, sucias y mal encajadas. Habitaciones iluminadas apenas por la luz de un tubo fluorescente o una bombilla desnuda de apenas cuarenta vatios. En una ventana del segundo piso reconoció el perfil de aquel hombre. Frente a él se dibujaba la silueta de una mujer, despeinada, con una bata mal abrochada. Pensó que lo había visto todo, así que decidió avanzar hasta donde estaba aparcado su coche. Esperaba comprobar que aún seguía intacto y sin perder un minuto, subir y regresar a su apartamento.

La noche del viernes, como cada viernes desde hacía medio año, Carlos había quedado para cenar. Hay un nuevo restaurante en la ciudad, había dicho su novia Beba. Tete y Cami también tenían noticias. Él era el único que no se había enterado, absorto como estaba en los líos de la oficina. Era un restaurante de ambiente minimal y cocina neo-oriental. Estaba situado en las afueras de la ciudad, en un suburbio que en tiempos fuera un pueblo cercano, ahora absorbido por la expansión urbanística y en el que empezaban a asentarse algunos nuevos negocios. Era un barrio que desconocía, así que se perdió un par de veces mientras buscaba el restaurante en el que sus amigos ya le esperaban. Por fin pudo aparcar a dos manzanas de distancia. Intentando recuperar parte del retraso, decidió atajar en diagonal. Cuando ya se consideraba perdido, reconoció al final de una calle estrecha la avenida en la que se encontraba el restaurante. Se aventuró por el callejón, a mitad de camino percibió un rumor que parecía música. Intentó identificar la melodía por encima del ruido que la envolvía. Una nube de humo salía de la puerta entreabierta de una taberna.

A pesar de la torpe interpretación que ahora equivocaba una nota, después adelantaba una síncopa o se demoraba en exceso en la ejecución de un tresillo, reconoció la melodía clásica de la bossa-jazz. Él mismo la había interpretado muchas veces en su época de estudiante, cuando tocaba en pequeños bares, más por distracción que por dinero. Lejos habían quedado aquellos intensos días de estudio y aquellas fugaces noches de bohemia universitaria. Al llegar a la altura del bar, se paró para mirar hacia el interior. El esforzado interprete se afanaba en la ejecución de melodías que habían sobrevivido al paso del tiempo y sucumbían ahora a la escasa habilidad de aquel pianista por horas. Un hombre que en su impericia, parecía resignado, inclusive feliz, como si aceptara su desabrido destino. Absorto en la contemplación de aquella escena, Carlos permanecía en el umbral de la puerta, ajeno a los empujones de los clientes que entraban y salían.

Llegó a la cita con veinte minutos de retraso. Sus amigos habían aprovechado para tomar un par de cócteles antes de elegir la cena. Quizá por la ventaja que le habían tomado o por la escena del callejón, le costó conectar con el ambiente. Apuntó algunas contradicciones entre la decoración del restaurante y la presentación de los platos, señaló lo escaso de algunas raciones y censuró la carta de vinos. Los comentarios no fueron bien recibidos por sus compañeros de mesa, que se irritaron sobremanera cuando intentó contarles acerca del músico de la taberna. Menciones a locales oscuros, ambientes degradados y seres infelices no eran del agrado de sus compañeros de velada, que le reprocharon, con toda razón, su poca colaboración para mantener un nivel de optimismo inteligente. Ante su insistencia, decidieron pasar a los postres, atribuyendo su comportamiento a la fatiga del viernes o a un exceso de ejercicio en el gimnasio. La velada concluyó con una discusión abierta en la que Carlos les reprochó su poca sensibilidad y su escaso interés por el resto de los ciudadanos del desigual y desordenado mundo. Él mismo se sorprendió desplegando unos argumentos tan diferentes a su habitual forma de pensar y actuar. Tan lejos de sus convicciones, que tan buenos resultados le habían aportado en la vida profesional, guiado por el máximo axioma de que el triunfo es la mejor cosa que te puede pasar en la vida y que el conseguirlo depende de ti mismo. Carlos se despidió de sus contrariados amigos y se dirigió en solitario hacia donde había aparcado el coche.

De regreso, pasó de nuevo por el callejón que parecía más estrecho y oscuro, pues la taberna musical tenía las luces medio apagadas. Por debajo de la persiana metálica a medio bajar, una sombra se deslizó hacia el exterior. La desgarbada figura caminaba delante de él y reconoció al momento al pianista patoso. Por casualidad, llevaban el mismo camino. Carlos en busca de su deportivo metalizado. El inexperto intérprete, quizá de regreso a su casa.
En la ventana del segundo piso se recortaba la figura del desafortunado ejecutante, enfrente, su mujer sostenía un bulto inquieto. Un niño de pocos años que vencido por el sueño, pasó de los brazos de la madre a los del padre. El hombre lo alzó hasta que la bombilla de cuarenta vatios iluminó el pequeño rostro, mostrando los chorretones del último llanto. Aquel hombre miró a su hijo, miró a su mujer y sencillamente sonrió. Parecía que su felicidad, no dependía de las cosas que poseía y no poseía.

En ese momento, en medio de la noche, Carlos pensó en su apartamento elegantemente amueblado, su vida segura y confortable y sus amigos inteligentes y refinados a los que veía alejarse en un bucle del tiempo. Sin poder, sin querer evitarlo, retornaban en tropel todos los recuerdos de sus años de bohemia universitaria. Cruzó la calle y se dirigió a su coche. Mientras se aproximaba, accionó la llave a distancia. A punto estaba de abrir la puerta cuando la vista se le nubló y entonces, reflejado en el cristal tintado de su deportivo metalizado, en aquel preciso instante, Carlos vio al hombre más desgraciado del mundo. Subió el coche y condujo de vuelta a su apartamento. La sensación de pérdida y tristeza aún le duró un rato. El tiempo que el coche tardó en ponerse de cero a cien, en apenas cinco segundos.


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