Blanquita
Braulio está inclinado sobre el cauce
del río. Blanquita le mira a través de un rumor
líquido y frío.
El cauce es un arroyo impetuoso
que nace arriba, en las peñas,
y va saltando hacia el valle por escalones y cascadas. A tramos,
el cauce se serena y forma pequeñas pozas donde las truchas
brillan bajo la vibrante luz de la tarde. El arroyo divide el
valle en dos mitades. A un lado se abre una suave ladera orientada
al poniente en la que se alternan cabañas y praderías.
Al otro lado, en el bosque de castaños y robles, se pierden
las estrechas sendas que trepan hasta las crestas más
altas. Las sendas, que aquí llaman caminos reales, están
cercadas por tapias de piedra suelta. Hay unos pocos puentes,
también de piedra, que salvan el cauce del río.
En
su curso más alto, el arroyo pasa por una hondonada de paredes
rocosas. Parece una gruta de tan oscura, cerrada por un techo
de ramas trenzadas. Para salvar la corriente hay un pequeño
puente de arco apuntado, bastante alto. Por el puente pasa una
caballería y el hombre que la acompaña. También
pasa una vaca sin que sus costillares rocen contra el balaustre
de piedra. Bajo el puente hay una poza
de agua negra, cubierta por la espuma que rompe al derramarse
el torrente desde un escalón de piedra. Dicen que en estas
pozas se bate la fría y nutricia sopa de pequeños
cadáveres que alimenta las mejores y más sabrosas
truchas del valle.
Es primavera y Braulio se inclina sobre el
cauce transparente. Permanece unido a él por una
línea de seda
que brilla con la huidiza luz de la tarde. A ratos agita el sedal
y nuestra un reclamo que Blanquita observa ensimismada. En primavera,
cuando se casó, lo hizo en la misma ermita en que se casaron
sus padres y sus abuelos. Aquella mañana también
se casaron otros mozos y mozas del pueblo. La mayoría
se han ido a la capital o a los pueblos cercanos para mejorar
vida y fortuna. Sólo él, permanece en el valle,
sujeto por una línea invisible que le une a sus antepasados.
En esta tierra antigua, varias veces al año
la familia se mueve con todos los enseres siguiendo la ruta del
ganado.
Las vacas pastan el prado hasta que la hierba se agota y entonces
mudan hacia otro prado, hacia otra cabaña. En invierno
el impetuoso arroyo desborda las márgenes chocando contra
las riveras. Braulio atraviesa el cauce agitado pisando por los
bloques de piedra que sobresalen. En una mano lleva la brida
de un mulo, al hombro carga el dalle y la pala, con la otra mano
sostiene la diminuta mano de la niña que le mira desde
abajo.
Están a mitad de camino, entre las
dos orillas. Apenas puede ver a través de la corriente
y la espuma las piedras que forman un puente discontinuo y zigzagueante.
El caudal crece por momentos tras las lluvias de la última
jornada. Arriba, el cielo plomizo se va llenando de negras nubes
que avanzan amenazantes. La tarde se oscurece y un trueno anuncia
la tormenta que ya se derrama sobre el valle. Otro trueno estalla
y la niña resbala sobre el musgo de una piedra anegada
por la espuma. Braulio la sujeta y dobla una rodilla para afianzar
su posición, pero el suelo frío y liquido le resbala.
Suelta la brida de la caballería que espantada salta y
gana la otra orilla. Braulio agarra con firmeza la mano de la
niña hasta sentir el dolor de la pequeña reflejado
en su mirada. Resbalan de nuevo y Braulio siente como el agua
le llega hasta la cintura. La niña cae de espaldas y se
golpea contra las piedras. La corriente les arrastra y Braulio
no puede mantener la mano que se le escabulle como una trucha.
La niña es ganada por la corriente que la transporta sobre
las crestas de espuma. Avanza con los brazos extendidos, mirando
un cielo gris panza de burra con hebras de lluvia que se derraman.
Mirando un cielo que ya no ve, arrastrada por el agua que ya
no la moja.
El hombre gana la orilla y corre río abajo,
saltando las tapias bajas de piedra, herido por los arbustos
desnudos y las
zarzas secas. Todavía puede ver a la niña flotando
sobre los remolinos. Cerca del puente de piedra grita y varios
hombres salen de una cabaña. Vuelven a entrar y traen
linternas y candiles. Buscan toda la noche río abajo,
toda la noche oscura y fría.
Braulio está inclinado
sobre el cauce del arroyo. En la mano sostiene un sedal. Blanquita
ve agitarse el reclamo en la
transparente lámina de agua. Braulio tira del sedal y
una trucha salta fuera del agua. Da otro tirón y la trucha
cae sobre el prado. Blanquita ve al hombre más cerca y
más grande que nunca. Braulio observa como el pez boquea
y se ahoga. Le libera del anzuelo y de un golpe seco contra una
piedra, termina con su agonía. Blanquita, muda, abre mucho
los ojos.
-Estas truchas son fieras, las mejores del valle –dice.
Desde hace algún tiempo, Braulio frecuenta la mala costumbre
de hablar con las sombras de la tarde. Siente en su mano el hueco
de una mano pequeña. Mira hacia arriba, hacia la bóveda
azul en la que empiezan a encenderse las primeras estrellas.
Luego mira el dorso de la trucha brillando bajo la luz en fuga
que arranca destellos plateados de su piel todavía húmeda.
-Tu no te escapas, Blanquita, esta noche vas a la sartén.
Blanquita tiene los ojos muy abiertos, pero ya no ve nada.


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